Comencemos por lo
obvio: escuché por primera vez a Soundgarden cuando vi el video de ‘Black Hole
Sun’. Corría el año 1997.
En 2002, ‘Cochise’,
primer corte de difusión de Audioslave, supergrupo formado por los ex Rage Against
The Machine y Chris en la voz, sonaba varias veces por día en la MTV, junto con
el segundo corte, ‘Like A Stone’, tema que aun sigo disfrutando como en esos
días posadolescentes.
Sin embargo, cuando
escuché por primera vez ‘Can’t Change Me’, me sentí atónito. No me quedaba
claro si la persona que cantaba era realmente el creador de ‘Black Hole Sun’,
ese himno grunge, mezcla perfecta entre la canción melódica de los Beatles y el
doom de Black Sabbath. ‘Can’t Change
Me’ era diferente: tenía un compás de 6/8, el riff era más melódico, sonaban
instrumentos acústicos y guitarras con trémolos.
Tras la separación
de Soundgarden en 1997, Chris Cornell se dedicó a desarrollar su carrera en
solitario. Euphoria Morning (originalmente Euphoria Mourning) es un disco
totalmente diferente a Soundgarden, no hay grunge. Es un disco íntimo, plagado
de atmósferas, climas cálidos y fríos, baladas con ritmo de blues, tiempos
ternarios y melodías preciosas. El segundo corte del disco, ‘Preaching The End
of the World’, es, sin exagerar, uno de los temas más hermosos que escuché en
mi vida. Chris predica el fin del mundo, busca un amigo para cuando llegue ese
momento.
Quizás haya sido lo
que estaba viviendo en ese momento, pero Euphoria Morning se convirtió en uno
de mis discos favoritos de siempre. A partir de ahí, con el correr de los años,
comencé a disfrutar de toda la obra de Cornell en su totalidad: Soundgarden,
Temple Of The Dog, Audioslave, y sus shows íntimos de voz y guitarra acústica
con covers inimaginables.
“Ella va a cambiar
al mundo, pero no puede cambiarme a mí”, cantaba Chris. La sensatez de un
cantante, compositor, guitarrista y músico sin fronteras. El portavoz de muchos
jóvenes (ahora adultos) que le hacían frente a un mundo difícil de comprender.
Un músico que no tuvo límites a la hora de componer, ni de cantar con su amplio
registro de cuatro octavas, canciones maravillosas que quedarán en el efímero
correr del tiempo en todos aquellos que pensamos que podemos mejorar nuestra
existencia con melodías. Quizás se fue demasiado pronto. Quizás su paso por el
planeta Tierra fue suficiente para demostrar que el mundo puede ser un lugar
hostil, o que podemos embellecerlo, aunque sea de a ratos, con un puñado de
canciones que nos salvan.
En esta oportunidad compartiré uno de los momentos de Humphrey Bogart en la película We're No Angels. Básicamente Bogart encarna el personaje de un prisionero que, junto a otros dos, ha huido de la cárcel y busca un lugar para esconderse. Ese escondite resulta ser la casa de una familia que, desconociendo la historia de estos tres prófugos, le dan la bienvenida a su hogar. Lejos del crimen y de la delincuencia, los tres personajes intentan comportarse lo mejor posible. A tal punto que en una de las escenas se lo ve a Humphrey encargándose él mismo de preparar la cena navideña. Es extraño y gracioso quizás verlo a Bogie no como un hombre rudo y cínico sino como a alguien desplegando sus habilidades en la cocina y...¡vistiendo un delantal rosa! Sin dudas que muestra su versatilidad como actor ya que además de poder caracterizar personajes de carácter duro, también podía mostrar sus dotes como cómico.
En The Big Sleep, Bogart encarna un detective (Philip Marlowe) cuya misión es encontrar la banda que está detrás de una red de chantaje. En esta clásica escena, Marlowe sospecha que en la libreria se lleva a cabo operaciones ilegales relacionadas con este crímen, por lo cual decide probar a la señorita que atiende el negocio. Para ello Bogart la consulta sobre libros inexistentes (o con información errónea) para comprobar sus conocimientos en la literatura. Tal como se describe en la novela, para su divertimento Marlowe le agrega cierto snobismo al personaje para demostrar nivel de intelectualidad. Tras una serie de preguntas, Bogart confirma la ignorancia de quien atiende el lugar y su sospecha de que en ese lugar la venta de libros no es el principal negocio va tornándose realidad.
Se enciende un cigarrillo. Ella y su particular mirada. Él y su cinismo. Una habitación oscura y un silencio que se rompe con ese juego dialéctico de palabras punzantes y certeras. Se miran. Por un momento breve, quizás largo ¿Qué estarán pensando, qué se estarán diciendo por dentro? Un halo de misterio los envuelve. La tensión roza la perfección.
Quien sostiene su particular mirada es ni nada más ni nada menos que Lauren Bacall. No sabría por dónde comenzar. Fue la primera vez que la vi en una película y lo que recuerdo es que su mirada, su postura y su voz me cautivaron de una manera bastante particular ¡Cuánta clase en una sola persona!¡Qué personalidad! Mucho más me sorprendí cuando descubrí que en este film ella hacía su debut. Y más aún, cuando veía en su figura una persona madura que para ese entonces tenía ¡19 años! Una madurez para poder llevar a cabo una performance tan sólida ante actores de gran calibre como Humphrey Bogart. Y aquí me detengo. Cuando vi a estos dos actores en escena sentí que estaban traspasando la pantalla, que esa tensión entre ellos dos no era sólo parte del argumento. Había algo más. La química de ellos dos era visible. Cuando veía a Lauren y Humphrey veía dos personas que no sólo estaban interpretando un papel sino también se estaban enamorando. Las líneas del guión eran apenas un medium para ese cortejo. Mi percepción, sin dudas, no era errada. Bogart para ese entonces estaba pasando por un mal momento con su pareja (Mayo Methot) quien tenía problemas de alcoholismo. Es así que en su vulnerabilidad encontró en Lauren la paz que necesitaba. Tras sufrir episodios de violencia (Methot llegó incluso a apuñalarlo), Bogart decidió darle punto final a su relación y, meses más tarde, contraería matrimonio con Bacall. Una relación que perduraría hasta el fin de sus días, un amor que traspasó la pantalla y nos dejó como legado a una de las parejas más icónicas de Hollywood.
Al fin llegó el día. Después de mucho trabajo, "Cemento, el documental" (del director Lisandro Carcaballo) llegaba al cine, en el marco del BAFICI, el 26 de abriI. La función estreno tuvo la particularidad de ser proyectada en el lugar donde estaba Cemento (Estados Unidos 1234), hoy convertido en un estacionamiento. Nostalgia para muchos, curiosidad para otros, lo cierto es que las entradas se agotaron rápidamente, por lo que se debió agregar una función gratuita el sábado 29 en Plaza Francia. No sólo yo tuve la suerte de presenciar esta proyección sino también la cantidad de gente que quedó afuera y con ansias de ver el documental. Este hecho quizás nos hable de lo mucho que se extraña y se necesita a Cemento.
La película nos narra de un modo muy atinado y ameno la historia de Cemento: el nacimiento de la idea de la mano de Omar Chabán y Katja Alemann, su inauguración como discotteque alternativa para una época por demás convulsiva (hablamos de 1985, pleno florecimiento de la democracia y las ganas de expresarse de una juventud que venía sufriendo los años de plomo) y el espacio que se le dio a expresiones teatrales y performances (como es el caso de la Organización negra en los años 80's). Luego, también, sin abandonar del todo esta área (se habla por ejemplo de la obra "Clásico Amoral"), el documental hace su enfoque más centrado hacia los recitales de rock.
El film consta de una interesante selección de material fílmico tanto de recitales como de las performances teatrales, y una serie de entrevistas a artistas y gente involucrada a Cemento como Katja Alemann, Yamil Chabán, el Indio Solari, Pil Trafa, Ciro Pertusi, Ricardo Iorio, Fernando Noy, Sissi Hansen, Mario Pergolini, Wallas, y muchos más. A través de ellos se va armando el rescate de la historia de Cemento, su importancia en el under, en la contracultura, el espacio que se le dio a bandas de distintos géneros (punk, heavy, rock, alternativo) ayudándolos a que se fortalezcan y crezcan.
También se habla de su mística. De sus famosos baños, de sus paredes que, literalmente, transpiraban, y de todas las condiciones poco cómodas del lugar. Sin embargo nada de eso importaba. Para muchos Cemento fue, es y será el mejor lugar que hubo para ver bandas, incluso considerándolo como un segundo hogar, un lugar donde siempre se podía ir aunque no alcanzaran las monedas para la entrada, donde siempre había algo interesante para ver y gente afín con la cual compartir. Y el gran responsable de que aquello sucediera, dando el espacio para que sea posible, fue Omar Chabán, dueño del lugar pero también artista. Esta es una de las cosas más interesantes del documental: el rescate de esa parte de Omar que se vio empañada por los tristes hechos ocurridos en la tragedia de Cromañon en el 2004, y que marcó un antes y un después en el rock, conllevando no sólo al cierre de Cemento, sino también al cierre de muchos otros lugares.
Muchas reflexiones quedan abiertas. Quizás la historia de Cemento sirva como inspiración. Nunca volverá, pero el futuro está abierto para que, aún con todas las dificultades del presente (el poco apoyo a la cultura, el cierre de lugares donde los artistas puedan expresarse, y la mentalidad de algunos dueños de los lugares que quedan, centrada únicamente en el negocio, dejando en segundo plano lo artístico), nos demos cuenta que hay mucho por hacer. Está en manos de todos, y sobre todo las nuevas generaciones, aprender tanto de lo bueno como de lo malo para que, parafraseando a los Violadores, nada ni nadie nos pueda doblegar.
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